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People gathered at a public community meeting.

Ensayo

El buen criterio no debería ser un privilegio

La capacidad analítica detrás de una decisión seria siempre ha sido de quienes podían pagarla. Esa es la desigualdad que queremos terminar.

Un ministro tiene un departamento de estudios. Una gran empresa tiene analistas, asesores y abogados. Ante una decisión difícil pueden reunir evidencia, modelar los costos y beneficios y poner a prueba sus supuestos antes de comprometerse.

Una organizadora comunitaria en Bogotá, una enfermera que decide a las 3 de la mañana, un docente que reparte un presupuesto pequeño: enfrentan decisiones igual de determinantes, en su mundo, y las enfrentan casi solos. No porque sean menos capaces, sino porque el análisis serio siempre ha sido caro, y el precio es un filtro que ordena por riqueza, no por necesidad.

Durante casi toda la historia ese filtro fue inevitable. El buen criterio exigía tiempo, formación y personas cuyas horas eran escasas.

Esa restricción se está disolviendo. El costo de producir análisis se derrumbó. La pregunta ahora es quién recibe el beneficio: si esto se vuelve una ventaja más para quienes ya tienen ventajas, o si llega a las personas que siempre quedaron por fuera del buen consejo.

Creemos que debe llegar a ellas. Una inteligencia para decidir que sea confiable, transparente y con responsabilidad no debería ser un bien de lujo. Debería ser infraestructura —como lo son las carreteras, el agua potable e internet—: algo a lo que una sociedad decide que todos merecen acceso.

Eso no es una función en una hoja de ruta. Es la razón por la que la organización existe.